martes, 3 de enero de 2012

Querido diario.

Hoy es día tres. El número tres me gustaba muchísimo de pequeña: era el que ganaba todos los sorteos de clase. Cada vez que nos decían "hay que sortear esto. Pensad en un número del 1 al 20" yo nunca lo dudaba: el primero que decía era el tres, y el siguiente el nueve, porque era mi número favorito (que es un múltiplo de 3).
Pero, desde hace exactamente un mes, no se si debería considerarlo algo más... ¿especial? Yo creo que no, porque no se puede poner fecha a algo que apenas existe. Además, él ni siquiera se va a acordar. Por otra parte... ¿debería recordárselo? Es mi incógnita de toda una semana. No lo sé, a mi me parece que quedaría demasiado "calculador". Lo que me frena es eso, que no sé si él considera lo nuestro lo suficientemente serio como para marcar un día de inicio. Por otra parte... ¿le gustaría que se lo dijera? A lo mejor se siente "halagado" porque me interese por lo nuestro.
Lo dicho, diario, que lo mío no es normal. Si algún día consigo aclararme yo misma, te lo contaré sin falta.
Forever Stupid.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Y como siempre, sigo sin hacer caso.

La gente siempre me dice: no, Marina, ¿no te das cuenta de quién es? ¿De su pasado? ¿De tu presente? ¿De vuestro futuro?
Claro que me doy cuenta, pero lo ignoro siempre que puedo, y cuando no puedo dejo caer algunas lágrimas y me muerdo el labio por ser lo suficientemente estúpida para ignorar al universo entero, el cual está gritando que lo peor de mi error es que me estoy engañando a mí misma intentando creer que está bien, que en el fondo es una buena persona y de verdad todo esto no es más que una estúpida locura de adolescente.
Claro, es muy fácil decir a otra persona "haz esto" o "no hagas esto otro". Ahora cúmplelo tú, a ver si es tan fácil. Si, es una tontería, un simple capricho de la vida, lo sé perfectamente. Y sé también que él no es la elección más correcta, pero no se puede evitar. ¿Acaso el corazón entiende de circunstancias? ¿De edades? ¿De físico? ¿De algo? No, claro que no. Y por esta solemne gilipollez una se enamora (si es que puede llamarse así) de un tío que es todo lo contrario a ella misma y que está claro que su historia no terminará con un "y fueron felices y comieron perdices", sino con un gran "y su relación terminó en desastre por sus enormes diferencias". Por mí eso sería genial, porque al finalizar el relato cerraría el libro con una sonrisa, tal vez de tristeza, o de impotencia ante no poder evitar todo lo acontecido en la historia.Pero no; en la realidad, cruel realidad, no se cierra la cubierta del libro cuando no agrada el desarrollo de la historia, al igual que no se cierran los ojos ante los percances, por el simple hecho de que esa acción no disolverá los problemas. No, en la realidad todos interpretamos un papel, y no hay nadie detrás de las cámaras para decir "¡Corten! No está saliendo como nosotros queríamos. ¡Otra vez desde arriba!". En la vida es: o juegas bien o no hay vuelta atrás.
Forever Stupid.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Porque es verdad.

Es como gritar, pero sin que nadie te oiga. Te sientes avergonzada de que alguien sea tan importante... de que sin él te sientas como si no fueras nada.
Nadie podrá entender cuánto te duele; te sientes sin esperanza, como si nada pudiera salvarte. Y cuando todo se termina y él ya se ha ido, hasta deseas que todo lo malo regrese, para que al menos también puedas tener lo bueno de vuelta.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

No intentes buscar coherencia... no la hay.

Otra vez igual. Espera, lo conseguí... se me fue. ¿O debería decir que volvió? No lo entiendo ni yo, ni siquiera tiene lógica lo que acabo de anotar en mi libreta de apuntes de Geografía. Todo por su culpa, ¿o debería decir por la mía? No lo sé, porque la que soy demasiado estúpida soy yo, pero él es el causante de mi estúpidamente estúpida frase escrita ante mis ojos, en la que no se sabe qué estupidez pone. Porque entre las palabras, encontrando huecos entre los símbolos que las forman, se encuentra cada letra que compone su nombre. Venga, otro pequeño esfuerzo... nada, no merece la pena. Me rindo. En el momento en el que esa derrota se percató de su victoria, no digo miles, pero si un par de recuerdos a los que no les había concedido importancia antes tomaron forma en mi mente y me reproché a mi misma, tal vez por enésima vez, o tal vez más, no haber tenido el suficiente tacto para no haber provocado lo que ahora sucedía. Le perdí. Lo veía en cómo me ignoraba, en cómo cuando miraba en mi dirección yo era un cristal transparente para él, en cómo había cambiado su carácter, por lo menos bajo mi punto de vista. En todo.
Le perdí. Por el día tonto, o por el tonto de todos los días. El bolígrafo se me escurre entre las manos, pero no me importa. Le perdí.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Hoy me apetece...

Dream your dream.
Esta noche tenía ganas de soñar. No me apetecía nada en concreto, más bien era un deseo impreciso provocado por mi subconsciente, pero tenía una justificación: él no me habla. Hace aproximadamente un año que nos conocemos, y todavía recuerdo mi expresión de perplejidad cuando me puso una "carita feliz" por el chat a modo de saludo, y desde entonces nos hablábamos casi a diario, y era él, entre otras personas, el que lograba sacarme esa sonrisa de felicidad que en los malos momentos me resultaba casi imposible esbozar. Sin embargo, demostrando que los refranes no suelen fallar, el que reza No hay mal que por bien no venga se cumplió hace apenas dos semanas cuando mi bien recibió su (in)justa dosis de mal. Simplemente, los dos estábamos en el lugar equivocado en el momento equivocado, y yo tenía los cables cruzados porque no había sido precisamente mi mejor día. Quizás fui demasiado cortante, puede que mi "lenguaje corporal" hablase más de lo que mi boca quería revelar (aunque mi mejor amiga está empeñada en que tengo que despertar a mi lado malvado) o, recurriendo una vez más a frases de canciones, tal vez la culpa es de los dos, pero el castigo es para mí. No lo sé, ni me importa, porque esta noche mi prioridad cuando cerré los ojos llenos de lágrimas era arreglarlo todo al precio que fuera.
No soñé nada.

sábado, 29 de octubre de 2011

No te vayas...

El teléfono sonó. Yo conocía ese número, pero ese día había algo distinto. Parecía como si la persistente melodía me avisara de algo. Pero... ¿de qué? Descolgué el aparato. ¿Diga?
-Hola. Tengo que comentarte una cosa - algo en su tono de voz me alarmó. Yo sabía que por teléfono no solía ser muy expresivo, pero lo conocía demasiado bien como para no notar la diferencia.
-Dime, te escucho - traté de aparentar que no había notado nada, pero la voz me salió demasiado baja, tal vez ridícula.
-Necesito que te pases por mi portal. En cinco minutos, ¿vale? Te espero.
Ya había colgado cuando recuperé el habla. Me vestí, a tal rapidez que ni me preocupé de mi aspecto. A los dos minutos estaba allí. Jadeando, me acerqué a él. Y comenzó a hablar. A cada palabra que pronunciaba, mi mundo iba perdiendo los colores, uno por uno, hasta quedar pintado de blanco y negro.
-Me marcho. Mis padres han encontrado un puesto de trabajo mucho más remunerado, y no precisamente cerca - tomó aire, y lo soltó de un tirón-. Nos mudamos a Alemania.
Negro. Todo negro. Palidecí y le miré con los ojos muy abiertos.
-¿Hasta cuando? - Me miró con cansancio, y las palabras que pronunció después eliminaron hasta el negro de mi universo; ya no quedaba nada.
-Hasta siempre.
No era posible. Mi mejor amigo se iba. Para siempre. Le miré. Mis lágrimas ya hablaban por mí, pero murmuré:
-Por favor... por favor, no te vayas. Te necesito a mi lado. Eres mi mejor amigo, no puedes dejarme sola... por favor... - mi voz se quebró.
-No te dejaré. No mientras me recuerdes. - Hizo una pausa. - Estaré en cada latido de tu corazón cuando te enfrentes a lo desconocido. Nunca lo olvides.
Le dí el mayor abrazo que nunca le había dado a nadie, y le susurré al oído:
-No voy a prometerte que no soplarán vientos fríos, por eso, cuando encuentres tiempos difíciles y te rodeen los miedos, envuelve mi cariño a tu alrededor. Nunca estarás solo, ¿me oyes?
Él correspondió a mi abrazo de buena gana. Mis sollozos mojaron su camiseta, y el tiempo transcurrió lentamente entre lágrima y lágrima.
Y así me encontraba cuando sonó el despertador.