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viernes, 23 de septiembre de 2011

Los libros


Ellos solo ven puntos. Diminutos puntos de tinta colocados de tal manera que forman un símbolo, también denominado letra. Saben pronunciar cada una de las veintisiete letras por las que está formado nuestro alfabeto. También conocen el procedimiento mediante el cual se unen las grafías ordenadamente, formando palabras, y estas, a su vez, formando oraciones. Son capaces de leer varias palabras seguidas, incluso pueden llegar a leer frases enteras. Pero les falta algo.
En cuanto tienen un libro entre las manos y abren la primera página escrita, les asalta un breve acceso de pánico. ¿Cómo es posible que a alguien le interese, mínimamente, el sentido de todas estas palabras? Y comienzan a descifrar el contenido del relato, pero solo frase por frase, sin llegar a unir dos de ellas para formar una idea.
Yo, no. Para mí, una oración no tiene sentido sin la siguiente, ni la que ocupa el número ochocientos cuarenta y siete. Cada una de ellas transmite algo: un olor, un sonido, incluso un sentimiento. No; hay que cohesionarlas de modo que los personajes cobren vida delante de tus ojos y, en ese momento, ya no ves las palabras delante tuyo, sino que ves a unos actores representando el papel para el que fueron creados. Unos actores que, al contrario que en las películas, tienen el cuerpo, la voz y los rasgos que se imagine cada lector.
Ahí está el disfrute de la lectura: esas personas te relatan su historia, a cambio de cobrar vida al mismo tiempo que alguien abra el libro, el cual almacena, a su vez, pequeños recuerdos de cada lector en cada página que ha leído.
Y eso, hay personas que no lo comprenden, no lo consiguen, o ambas cosas. Pero hay otras que sí lo hacen. A todas ellas es a quien va dirigido este relato.

lunes, 22 de agosto de 2011

La fotografía



Karen estaba arrodillada sobre la hierba, mirando la pantalla de su cámara con una sonrisa pintada en su rostro. Unos rizos negros le caían sobre la frente, pero ella los apartaba constantemente dejando relucir unas pupilas color miel. Ese claro era su lugar favorito. En él, todas las fotografías parecían pintadas detalladamente, trazo a trazo, por unas manos expertas. La chica miró a su alrededor, y sus ojos se posaron en un arco formado por dos árboles, rodeados de vegetación de vivos colores. Era perfecto. Levantó la cámara y enfocó el objetivo hacia allí. Click. Satisfecha, giró su cuerpo de modo que la máquina quedara en sombras y entornó los ojos. Todo parecía salido de un cuadro, y precisamente por eso casi pasa por alto al "intruso". No desentonaba en absoluto, de hecho parecía formar parte del paisaje. Su rostro, a pesar de traslucir perplejidad, parecía posar para la foto, y su cuerpo estaba totalmente relajado en actitud despreocupada. Qué extraño, pensó Karen, no recordaba haber visto a nadie cuando tomaba la imagen. Se sobresaltó al oír un hola a su espalda, y se giró a toda prisa. Unos ojos, SUS ojos, la observaban divertidos, y una calurosa sonrisa le provocó un ligero rubor en las mejillas. ¿Cómo te llamas?, preguntó él. Como si le importara. A pesar de todo, Karen susurró su nombre, aunque no sabía muy bien por qué. Quizás fuera aquella sonrisa, que incitaba a confiar en su propietario. O quizás fuera...
Mientras le contemplaba embobada le pareció escuchar que le pedía su cámara. Se la tendió como en un sueño. Click. Se la devolvió. Boquiabierta, observó la fotografía: había logrado plasmar el encanto de la totalidad del prado en aquella imagen, aunque sorprendentemente no parecía contener nada especial. Karen se volvió para elogiarle pero, al hacerlo, no quedaba ni rastro del joven. Había desaparecido.
Un único y absurdo pensamiento se alojó en su mente y no parecía querer marcharse: no sabía absolutamente nada de él. Ni siquiera conocía su nombre.

sábado, 20 de agosto de 2011

La música


Furiosa, entró en la habitación y cerró de un portazo. Sus ojos almendrados estaban rebosantes de lágrimas. No iba a llorar, se dijo, al menos no por una estúpida discusión con sus padres. Cerró los parpados y respiró hondo. Cuando los volvió a abrir estaba mucho más calmada, pero no era suficiente; los vestigios del enfado aún estaban en su interior, incandescentes, esperando para aflorar en cualquier momento. Se dirigió a su escritorio, cogió sus auriculares y se tumbó en la cama. Con infinito cariño escogió su canción favorita: una canción de piano que se asemejaba a una nana. La melodía la envolvió, y poco a poco consiguió relajarla. La música era su vida. Para ella, un mundo sin música equivalía a un mundo apagado y descolorido, sin luminosidad. Cuando su ánimo decaía, únicamente las notas de una canción lograban consolarla. La sumían en un estado más sereno, y le permitían verlo todo desde un punto de vista más objetivo. Le pesaban los párpados, y poco a poco dejó de tener conciencia del paso del tiempo. Entretanto, los acordes finales de la canción se alejaban, disipándose en el aire.

http://www.youtube.com/watch?v=IcTpsXCZo1c&feature=fvst